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Pedro Alarcon

Las acuarelas de Pilar Bamba no resultan frescas ni nuevas; tal es su densidad. Si sobre algo tan común al arte como el rostro humano puede un artista regresar ciento y una veces para descubrir de nuevo una fina fascinación, entonces estamos ante una manera obsesiva de gracia terapéutica...

Podría condensarse el tiempo empleado en estas pinturas, como un perfume espeso, como especias caras.
Como un libro de poesía difícil, como un arcón lleno de cosas antiguas, como una lejana y extranjera comida copiosa, como una ópera en la que los actores del último acto olvidaron quiénes eran en el primero. Podría condensarse el tiempo empleado, porque el tiempo en que estas finas y arracimadas cabelleras de marta han segregado sus efluvios no tiene medida. Porque quien las ha hecho bailar sobre nuevas superficies rugosas, nuevas maneras de ese instrumento arcano -el papel-, tiene toda la eternidad por delante para destilar el aroma.
Últimamente muchos artistas se preocupan afanosamente de preparar un discurso ideológico bien fundamentado, un leitmotiv que dé coherencia a la luenga serie de sus obras. Muchos de ellos olvidaron ya la intención de su pulso mucho antes de decidir dejar de pintar para siempre.

Muchos olvidaron que creaban, guiados por un instinto indefinible, una esencia para derramar sobre el mundo. Pilar Bamba es de esas artistas que sufren cada día por no poder desprenderse de la verdad destructiva del arte. Sangra suavemente estas acuarelas, que son lo mejor de ella.

Pedro Alarcón 2004.

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