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Neuroarte

24/04/07 | Neuroarte

Obra de Stephanie Garcia/Discover

Neuroarte y belleza
por Francisco Mora





Stephanie Garcia/Discover




El catedrático de Fisiología Francisco Mora, que acaba de publicar ¿Enferman las mariposas del alma? y Diccionario de Neurociencia (Alianza) reflexiona en este artículo sobre la relación entre el cerebro y la percepción de la belleza. Mora analiza cómo el cerebro puede llegar a elaborar ese complejo sentimiento al contemplar una obra de arte.

La pintura, la música, la literatura, la escultura embellecen la vida del ser humano. Todas las culturas han estudiado, descrito o comentado estas disciplinas o inspirado hondos sentimientos que han querido verse arrancados de las profundidades del espíritu humano. Pero ningún análisis hasta ahora se ha hecho desde la perspectiva biológica del cerebro, último y recóndito lugar donde se elabora todo lo que se ve o se admira, se toca o se siente.

El Neuroarte o la Neuroestética es eso, la comprensión en términos neurológicos de lo que llamamos arte o belleza. El cerebro ha desarrollado la capacidad de, a partir de objetos y casos particulares, extraer un objeto “ideal” capaz de ser universal y poder a su vez ser aplicable a todos los casos particulares creando con ello un concepto, una idea que habla de todas ellas como de una sola. El cerebro puede deducir universales de los concretos. Y así cuando la realidad nos martillea con miles de pájaros de formas y tamaños, plumas, colores, cantos y conductas diferentes, es capaz de crear el concepto de pájaro que resume a todos los pájaros del mundo. Este pájaro “universal” es un abstracto creado por nuestro cerebro. Y con esa abstracción el cerebro alcanza el principio básico del pensamiento humano y la comunicación. Y es además con esta abstracción que el hombre ha volado a cotas inimaginables del conocimiento y con él a las concepciones del arte y la belleza pues con este proceso ha llegado a idealizar de forma suprema al pájaro y haciéndolo un pájaro hermoso, majestuoso y bello como no existe ni podría existir en la realidad, haciendo de él la “esencia pura e inmutable del ave” como tal vez lo expresaría Platón.

¿Qué permitió al cerebro desarrollar esa capacidad de encontrar propiedades o relaciones comunes a muchas cosas y extraer un concepto, una idea, que hable de todas ellas como una sola? La Neurociencia comienza ahora a trenzar los hilos con los que se construye ese proceso de abstracción y conocer las neuronas y circuitos que lo realizan llegando a la conclusión clara de que se trata de una propiedad inherente a la función del propio cerebro con el que ha ahorrado tiempo en los procesos de aprendizaje y memoria y aumentado con ello sus capacidades de supervivencia. Nuestro cerebro, en áreas muy concretas que llamamos áreas visuales, posee neuronas que responden a la visión específica de puntos de contraste de luz sombra o colores. Y por la convergencia de esas neuronas que captan puntos se integra la percepción de líneas. Líneas infinitamente pequeñas que moduladas por otras neuronas construyen las formas. Y otras neuronas lo hacen con el color y el movimiento de los objetos o su profundidad o su orientación. En otras áreas del cerebro hay neuronas y circuitos que terminan sintetizando, creando, la percepción consciente del objeto único y concreto.

Pero lo más interesante es que hay neuronas capaces de recrear la percepción de un objeto con la visión de sólo una parte de ese mismo objeto, es decir, sobre la base de memorias previas, el cerebro es capaz de abstraer a veces “mintiendo” o “especulando” y construir un objeto que no ha sido visto nunca en todas sus dimensiones y posiciones físicas posibles. Es decir el cerebro humano trabaja categorizando y clasificando el mundo visto hasta alcanzar en esa clasificación la idea de objetos con propiedades que aun cuando extraídas de lo particular no las poseen los objetos concretos y que sin embargo pueden aplicarse a todos los objetos concretos. Esta actividad cerebral hoy se piensa que se encuentra distribuida en amplias zonas de la corteza cerebral y el sistema o cerebro emocional y cuyo funcionamiento está escrito en códigos de tiempo. ¿Pero qué tiene que ver este proceso, con el arte y la belleza? Yo pienso que, en ese proceso de abstracción que hemos descrito, la belleza es un “plus emocional” que nuestra consciencia añade a las necesidades de nuestra naturaleza humana.

Esto es, aspiraciones de alcanzar una satisfacción emocional que no proporciona esa “realidad” concreta. Y es con este añadido emocional a la abstracción que una mujer, un paisaje o un gesto se pueden convertir en una mujer hermosa, un paisaje hermoso o un gesto hermoso. Y es así como esa emoción llevada a la consciencia crea el sentimiento del ideal. Pero sólo el artista, el artista genial, puede llevar ese ideal de mujer o paisaje tan lejos como para, tras ser construido en su cerebro y plasmado en la pintura o la literatura, la escultura o la arquitectura o en el idealizado sublime de la música, pueda ser admirado por todo el mundo.

El talento de un artista es lo que le hace capaz de plasmar en tela, madera, roca o pentagrama los abstractos insatisfechos, los ideales. Cuando estos ideales, estos universales máximos, son identificados como tales por mucha gente, estamos ante una obra de arte universal, ante lo que realmente reconocemos como belleza. Y todavía más. Lo que el artista genial logra evocar en los demás seres humanos, no es sólo la admiración pasiva de la belleza por él lograda, sino el que cada uno de ellos recree en su propio cerebro, activamente, su propia concepción de belleza y la proyecte a la obra genial que contempla. Lo que nos lleva a la idea nueva y sorprendente de que una obra artística genial produce en quien la contempla algo que la obra en sí misma no tiene. Por eso se dice que las obras geniales mas grandes, las mas bellas y hermosas son siempre obras dejadas a que las remate quien las contempla. Por eso son universales.


MORA, Francisco

22:22 | Permalink | Comentarios (0)

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